Denaturaciones: cultura y fractura
Un Museo de Historia Natural es un teatro de la memoria en el que se nos recuerda la diversidad de la vida en una confluencia que puede ser sobrecogedora pero que está contenida mediante un ordenamiento espacial de cuerpos paradójicamente sin vida, preservados para la posteridad. Esta lógica de presentar con afán totalizante a los seres vivientes de distintas zonas geográficas mediante representaciones, que son los propios seres en cuestión ya muertos, dispara a pensar en la frase de Roland Barthes acerca de la fotografía y lo que ella entraña: “la violencia de lo que ha estado allí”. La vida es violencia que no tiene cabida en la representación que el diorama contribuye a configurar al interior del recinto museal.
Lo natural es aquello que aun hoy permanece intocado y alejado de la acción de los agentes del progreso, sustentado en la técnica. Buscamos protegerlo porque sospechamos inconfesablemente que así nos protegemos y, de paso, lo fetichizamos. No dudamos en afirmar que es radicalmente lo opuesto a lo artificial.
Rara vez nos preguntamos por qué debería la razón ser la clave para ordenar un mundo que no tiene finalidad última, en el cual ha operado principalmente la selección natural, que es un proceso ciego fundado en el azar, como planteó Charles Darwin hace exactamente 150 años. Y no estaría mal que nos lo preguntáramos, porque no fue precisamente la razón la que dio lugar a otra forma de coleccionismo: aquellos conjuntos incongruentes de objetos raros que empezaron a aparecer como un lujo y un exceso en el siglo XVII con el nombre de gabinetes de curiosidades. Producto de la irracionalidad del deseo, la formación de éstos no daba lugar al afán clasificatorio; en ellos podía convivir lo exótico de la naturaleza con lo exótico de fabricación humana.
Nicolás Lamas ha elegido trabajar en un ‘territorio cero’ que corresponde al desencuentro de la razón ordenadora del museo y el deseo insondable del coleccionismo de gabinete que, mediante el principio de inclusión, se torna en un nuevo todo acumulativo con atisbos de lo sublime. El emprendimiento de Lamas es riesgoso dado que requiere arrojo y sagacidad en partes iguales pero, sobre todo, adhesión a una reflexión estética de una violencia implacable.
Lamas apuesta por la denaturación y por la identificación del artificio -su acción y su consecuencia- como parte de una nueva manifestación expandida de la naturaleza. Denaturar es cambiar las características específicas de algo, alterarlo, deformarlo. El artificio, en tanto hijo del diseño, nace gracias a la aplicación de la técnica, por el empeño de hallar y dar forma, y también deformar. Tal vez Lamas tenga más agudamente presente en su pensamiento aquel vocablo griego tekhné que, además de ser el término para ‘arte’, da origen a las palabras ‘técnica’ y ‘tecnología’. De esta manera, ha comprendido que en el radio de su obrar, su propia naturaleza humana, “(…) se encontraría en lo artificial, lo pactado, lo voluntario, lo revocable, la socialización, el lenguaje”, como concluyen Albelda y Saborit, en La Construcción de la Naturaleza.
Más allá de los muros del museo, en la sociedad de la sobreabundancia lo natural está de moda y esto no deja de ser también el más puro artificio. Como seres urbanos somos decadentes y nos gusta incorporar nuevas formas de hedonismo al espectro de nuestras respuestas sensibles al mundo, para intentar darle otra forma a nuestras vidas y olvidarnos de la caducidad y de la muerte.
Jorge Villacorta Chávez
Lima, septiembre de 2009